La mirada que despierta los sentidos

Los sentidos en la sexualidad cómo intensificar el placer cuando cerramos los ojos

Hay personas que observan el mundo.
Y hay personas que aprenden a mirarlo.

Jordi Cahué, fotógrafo con casi 30 años educando y madurando su forma de mirar, pertenece claramente a este segundo grupo.

Él mismo suele decir que no vende fotografías.
Lo que realmente ofrece es una forma de mirar, una manera particular de registrar la realidad.

Se define como un fotógrafo con una sensibilidad especial hacia la imagen: el fotógrafo de las pequeñas cosas, de los detalles que pasan desapercibidos, de las composiciones que revelan belleza donde otros apenas miran.

Como él mismo explica:

“Como fotógrafo profesional debes conseguir aportar algo distinto en tus fotografías. Tienes que demostrar que tu mirada es capaz de presentar una realidad de una forma tal que otros, ni por casualidad, podrían. Tienes que conseguir seducir a quien verá esas fotografías.

Independientemente de a qué te enfrentas, más allá de si es un espacio, un evento o un producto, tienes que observar con atención y visualizarlo desde todos los puntos de vista posibles…

Tienes que firmar parte de él, integrarte, mimetizarte… sólo así podrás sacar lo mejor de él.

En fotografía todo es cuestión de perspectiva.”

La fotografía, como la sensualidad, es en el fondo un ejercicio de atención.

Mirar de verdad implica detenerse, descubrir matices, percibir detalles que normalmente pasan desapercibidos. Y eso mismo ocurre cuando hablamos de los sentidos.

Porque a veces creemos que ver es el sentido más importante… pero ¿qué ocurre cuando lo apagamos?


Cuando cerramos los ojos, el cuerpo empieza a escuchar

Privar del sentido de la vista puede abrir un universo completamente nuevo de sensaciones.

Cuando dejamos de ver, el cerebro compensa intensificando el resto de sentidos: el tacto se vuelve más preciso, el oído más atento, el olfato más presente.

Una caricia deja de ser solo una caricia y se convierte en una experiencia mucho más profunda.

Imaginemos una escena sencilla.

Dos personas sentadas.
Una de ellas tiene los ojos vendados.

Ambas reciben una misma caricia: el roce suave de una pluma sobre la piel.

Sin embargo, la reacción es distinta.

Quien puede ver percibe el gesto, anticipa el movimiento, interpreta lo que sucede.

Pero quien tiene los ojos cubiertos no puede preverlo. Su atención está completamente enfocada en el contacto. El roce se amplifica, la piel se estremece, el cuerpo responde.

El vello se eriza.

La experiencia se vuelve más intensa.

No debemos olvidar que cuando privamos la visión, los otros sentidos se intensifican, haciendo que la persona disfrute mucho más de cualquier estímulo que esté viviendo.


Volver a sentir

En una época en la que vivimos rodeados de pantallas, estímulos visuales y prisas, muchas veces olvidamos algo esencial: el placer también se aprende a través de los sentidos.

Cerrar los ojos puede ser, paradójicamente, una forma de ver más profundamente.

De percibir detalles.

De sentir.

Y quizá, como diría Jordi Cahué, de descubrir una nueva perspectiva.

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